La educación emocional en la familia

Reflexión en torno al desarrollo de la educación emocional a nivel familiar a través de la cooperación.

Las investigaciones realizadas por expertos continuamente indican que las personas emocionalmente inteligentes tienden a ser más felices, a ser mejores líderes, a aprender más en la escuela, a tener más y mejores amigos, a tener mejores relaciones interpersonales, entre muchos otros resultados positivos que todos deseamos. Los efectos de la inteligencia emocional se dejan sentir incluso en las personas que nos rodean. Por ejemplo, hace unos años, un estudio mostró que cuando los directores de escuela son más inteligentes emocionalmente, los maestros experimentan más satisfacción en su trabajo (Craig, 2008). Aunque la inteligencia emocional puede ser especialmente importante en la edad adulta, es imprescindible que las personas la desarrollen desde la infancia. Los niños son más flexibles y abiertos a aprender que la mayoría de los adultos. Eso es normal porque saben mucho menos y tienen todo por descubrir y, en consecuencia, están naturalmente predispuestos al aprendizaje. Por eso mismo, es un momento de la vida especialmente 

importante para ayudarles a desarrollar su inteligencia emocional. Aquellos que tienen mayor contacto con los hijos son sus padres, y por ello es importante que los padres sepan lo que pueden hacer para que sus hijos (y ellos mismos) desarrollen su inteligencia emocional. Aunque los maestros en el ámbito escolar, y los jefes en el ámbito laboral pueden ser de gran ayuda también, los padres tienen una relación especial con sus hijos, infinitamente más cercana e intensa, y como he dicho, en una edad en que la capacidad de aprendizaje de los niños es máxima.

Desarrollar la inteligencia emocional no es tarea fácil. Los padres pueden intentarlo de varias maneras. Pueden leer libros e intentar usar luego lo que han aprendido de ellos. O pueden atender cursillos donde se enseña a ser más inteligentes emocionalmente. Estos cursillos suelen combinar una parte teórica con otra más práctica que incluye algunos juegos de rol y algunas actividades para practicar las habilidades aprendidas. Cada vez más escuelas utilizan currículums de inteligencia emocional, de forma que en horas específicas del horario escolar, niños y profesores comparten lecturas, discuten en pequeños y grandes grupos acerca de la inteligencia emocional, llevan a cabo actividades, estudian textos, y hasta se examinan de inteligencia emocional. Todos estos métodos son magníficos y los recomiendo de todo corazón. Sin embargo, yo propongo uno que en mi opinión es más efectivo. Se trata de aprender a cooperar en el seno de la familia. Es decir se trata de que padres, madres, hijos e hijas aprendan a cooperar entre ellos.

¿Por qué la cooperación? La capacidad de cooperación es hoy en día una virtud muy valorada y necesaria en el mundo del trabajo. El que la haya desarrollado está en una posición de ventaja competitiva en relación a las otras personas. Sin embargo, la razón principal por la que propongo a los padres enseñar a cooperar a sus hijos es que la cooperación requiere de todas las habilidades de la inteligencia emocional. Para cooperar es preciso entender nuestros sentimientos, nuestros objetivos y nuestros deseos. Si no los conocemos, la colaboración con otros miembros de la familia no es cooperación, si no sometimiento a la voluntad de otros. Sólo cuando sabemos quiénes somos y qué queremos podemos saber a qué estamos dispuestos a renunciar y qué sacrificios queremos hacer en aras del bien común de la familia, del grupo de amigos, o del equipo de personas con el que trabajamos. La capacidad de cooperar también requiere que sepamos controlar nuestras emociones y regular la conducta que desplegamos, de lo contrario estaríamos en continua confrontación con los miembros de la familia que tienen diferentes deseos u objetivos. También es preciso que aprendamos a entender los deseos, emociones, y objetivos de los demás, porque solo así podemos establecer una verdadera cooperación. Si no nos preocupamos de entender y respetar los sentimientos de los demás cualquier colaboración que se establezca querrá decir sumisión del otro a nuestros deseos, y eso de nuevo no es cooperación, se parece más bien a la dependencia emocional. Además es necesario saber llevarse bien con otras personas, establecer relaciones interpersonales positivas, y desarrollar competencias sociales. La cooperación requiere comunicar con otros, hacer cosas juntos, repartir el trabajo y el esfuerzo de forma equitativa, y otras muchas habilidades sociales. Finalmente, para cooperar hace falta tener objetivos, ganas de hacer y conseguir cosas, motivación para intentarlo, y confianza en que esas cosas las podemos conseguir. Si no hay en el grupo al menos alguien que tiene confianza y motivación no hay razón para la cooperación porque nadie tiene ganas de intentar nada. Por el contrario la motivación y la confianza de una persona se contagian a las otras cuando se coopera. Por tanto cuando aprendemos a cooperar, desarrollamos todas las habilidades de la inteligencia emocional y lo hacemos casi sin darnos cuenta, de forma natural, mientras disfrutamos de nuestros seres más queridos.

La literatura científica está llena de estudios que muestran que determinados cursillos, cursos o currículums escolares aumentan la inteligencia emocional de aquellos que atienden a esos cursos o estudian aspectos de inteligencia emocional en la escuela. Desafortunadamente, parece que los aumentos en la inteligencia emocional de las personas resultantes de esos cursillos o esos currículums escolares duran poco y las personas vuelven a niveles de inteligencia emocional parecidos a los anteriores en relativamente poco tiempo (Sklad et altri, 2012).

El principal motivo es que el aprendizaje de cualquier nueva habilidad o grupo de habilidades requiere una práctica continua hasta que se domina. Sin embargo, la mayoría de personas no ven como practicar lo aprendido en los cursillos o en la escuela, en el día a día de la vida real. Por eso es tan importante aprender a cooperar con los demás miembros de la familia. Las ocasiones para cooperar con nuestros padres, hermanos, u otros familiares que conviven con nosotros son continuas, aparecen cada minuto de cada día. Debemos cooperar para hacer los trabajos de la casa, para hablarnos amablemente, para decidir dónde se sienta cada uno, si se ve un canal de televisión u otro, para no hacer ruido cuando alguien está haciendo los deberes, o durmiendo una siesta. Hay oportunidades para colaborar cuando hemos de decidir a dónde vamos de fin de semana o de vacaciones, si compramos una lavadora o no, donde se puede jugar a pelota y dónde no, cuando se puede usar las propiedades de otros, y suma y sigue. Es decir, cuando aprendemos las técnicas que nos ayudarán a cooperar, adquirimos conocimientos que podemos usar decenas de veces cada día, durante el resto de nuestra vida. Los niños que crecen cooperando todos los días desarrollan las habilidades de la inteligencia emocional a su máximo nivel, porque en el transcurso de los años acumulan innumerables horas de práctica. Comparemos eso con unos ejercicios hechos en la escuela o con unos juegos de rol de un cursillo, y veremos que, a largo plazo, la diferencia de horas de práctica es extraordinaria.

¿Cómo fomentar la cooperación?

Para fomentar la cooperación entre miembros de la familia recomiendo un grupo de cinco medidas. La primera es la de establecer una fuerte conexión afectiva entre padres/madres e hijos/hijas. La segunda es entender la familia como un equipo que trabaja unido hacia un fin común que es la felicidad y la autorrealización de todos y cada uno de sus miembros. La tercera es comunicar de una forma efectiva que no hiera y que no levante defensas. La cuarta es usar un tipo de disciplina positiva que permita entender a los hijos/hijas que sus derechos y sentimientos se respetan, pero que siempre se espera de ellos una conducta responsable. Y finalmente, la quinta es utilizar un sistema de resolución de conflictos cuando las cosas se ponen feas y algunos miembros de la familia están realmente enfrentados.

Todas estas medidas ayudan a los hijos a sentirse queridos, a sentirse valorados, pero también a querer a los demás miembros de la familia y a valorarlos. Cuando las personas se quieren y se valoran, cooperar se convierte en la forma natural de relacionarse. No se ve como un esfuerzo especial, sino como lo normal. Esa capacidad de cooperación, a la larga, se extiende a otras personas, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, conciudadanos, o desconocidos con los que coincidimos en el metro. De esta forma, establecemos relaciones interpersonales positivas y satisfactorias, la gente nos aprecia, y nosotros podemos disfrutar de ellas. Cuando cooperamos con los demás y los tratamos con amabilidad, al mismo tiempo que sabemos exigir lo que es justo y nos corresponde, contribuimos a crear un mundo mejor, donde la gente se respeta y se ayuda, y donde esa capacidad de ayudar y respetar, pero también de obtener respeto y ayuda de los otros, nos permite vivir una vida más plena y más feliz.

Establecer un vínculo afectivo fuerte

La mayoría de padres y madres quieren enormemente a sus hijos e hijas. Esa es desde luego una condición indispensable para que los hijos puedan crecer felices y preparados para los retos que les presentará la vida. Sin embargo querer a los hijos no es suficiente para que exista entre ellos y sus padres un vínculo afectivo fuerte. Amar a alguien y tener un vínculo afectivo fuerte con esa persona son dos cosas distintas. Para disfrutar de un vínculo afectivo fuerte con los hijos hace falta no sólo que los queramos si no que estos sientan ese amor, que lo noten.

El motivo principal por el que tantos jóvenes tienen problemas y se meten en líos es porque han llegado a la conclusión consciente o inconscientemente de que los padres no les quieren. La mayor parte de las veces esa conclusión es falsa, pero los hijos lo creen porque no perciben una conexión afectiva con sus padres. Esa conexión se produce cuando se comparten experiencias positivas. Es decir cuando padres e hijos lo pasan bien juntos, cuando comparten ratos agradables, cuando intercambian elogios y muestras de afecto, cuando se apoyan mutuamente, y cuando colaboran en la consecución de objetivos comunes.

Muchos padres olvidan cultivar esa conexión. Piensan que es bueno que los niños estén y jueguen con otros niños, y que no es recomendable que estén demasiado con adultos. Además normalmente esos padres trabajan largas horas y al llegar a casa tienen una considerable cantidad de cosas de las que ocuparse. Hay que hacer la cena, arreglar las habitaciones, lavar o tender la ropa, encargarse de que los hijos hagan los deberes, leer el correo, pagar los recibos, revisar la cuenta del banco, y un largo etcétera de pequeños asuntos que requieren su atención. Sin olvidar de que los adultos quieren descansar después de una prolongada jornada de trabajo, ver la televisión y relajarse un rato. Todas estas cosas son importantísimas y debemos atender a todas ellas. Sin embargo, nuestros hijos necesitan esa conexión afectiva más que la ropa necesita la lavadora, o la comida el horno. Sin esa conexión, aunque a menudo no lo saben, los hijos están perdidos, abandonados, solos ante el mundo y las dificultades que se les presentan, y sin apoyo para enfrentarlas.

Por el contrario cuando los hijos se sienten unidos a sus padres, se sienten protegidos, perciben que cuentan con una base de apoyo, una estructura de referencia, un lugar al que volver cuando se necesita ayuda, y sobre todo un foco que da dirección a sus vidas. Cuando los hijos se sienten queridos saben por qué es importante que hagan las cosas que les pedimos que hagan. Ser honrado, bueno, trabajador, estudioso, y generoso tiene sentido porque a cambio se recibe el premio de ser querido por los padres. Si no recibimos nada a cambio de todos nuestros esfuerzos ¿por qué o para qué hacerlos? Si nadie va a premiarme con amor por mis sacrificios, razona el corazón del niño, más vale que me consiga los premios yo mismo haciendo lo que me gusta, esté bien o no.

Como he dicho, esa conexión se alimenta y se acrecienta cuando compartimos con los hijos momentos agradables y positivos. No es diferente de los que pasa entre amigos. Dos niños o niñas se hacen amigos porque lo pasan bien jugando y dejan de ser amigos si se aburren juntos. Llegada una cierta edad, las amistades se solidifican y transcienden el hecho de si lo estamos pasando bien en cada momento. A pesar de ello, demasiados períodos de aburrimiento, de confrontación, o de discusión van debilitando la amistad. Si no hay suficientes ocasiones de disfrute, la amistad acaba muriendo. El amor de los padres a los hijos y de estos hacia sus padres es muy resistente. Aun cuando los hijos piensan que sus padres no les quieren, siguen deseando ese amor y a su manera siguen queriendo a sus padres. Pero la conexión afectiva es significativamente más débil. Como la amistad infantil, si no hay suficientes momentos en los que sentimos que el otro está a gusto con nosotros, la conexión se atenúa enormemente.

Los niños están genéticamente programados para buscar el amor de sus padres, y por tanto, tienen un deseo innato de cooperar con ellos (Craig, 2008). Cuando la conexión entre padres e hijos es fuerte, estos sienten el amor por sus padres y su deseo de cooperar se fortalece. Pero cuando la conexión es débil porque no se han compartido buenos momentos, los hijos no perciben el amor que sienten por sus padres, y por tanto no perciben su deseo de cooperar. De nuevo, no es distinto de lo que pasa entre amigos. Si un amigo con el que acabo de pasarlo bien me pide un favor, mi deseo de hacérselo es alto. Pero si el favor me lo pide un amigo con el que últimamente nos hemos peleado, y del que nos hemos alejado, y cuyo recuerdo me produce más bien un gusto amargo, mi deseo de hacerle el favor es claramente menor, y la posibilidad de que se lo niegue es muy superior.

La familia es un equipo

Para nutrir la conexión afectiva con nuestros hijos y fomentar así el deseo de cooperar, otro aspecto que es importante es el de entender la familia como un equipo en el que las necesidades y deseos de todos son igualmente importantes. Cuando entendemos la familia como un equipo, tomamos las decisiones pensando en las necesidades de todos. El marido quiere desarrollar su carrera profesional, pero la mujer también, y los niños necesitan contacto con los padres, y las tareas de la casa son responsabilidad de todos, no sólo de la madre, y el derecho a divertirse y pasarlo bien también es igual para todos. No pueden planearse las vacaciones sólo pensando lo que le gusta al marido o a la mujer, hay que pensar en los lugares que maximizan las posibilidades de pasarlo bien de todos los miembros de la familia.

¿Por qué es tan importante que entendamos la familia como un equipo y que los deseos y necesidades de todos se tengan en cuenta por igual? Desde el punto de vista de la inteligencia emocional el tema es claro. Uno de los aspectos más importantes de este tipo de inteligencia es la capacidad de entender y valorar las propias emociones. Cuando acostumbramos a los hijos a que sólo los deseos de los padres se tienen en cuenta, les damos el mensaje de que sus propios deseos, objetivos y sentimientos no son importantes. Los niños interiorizan ese mensaje. Se creen que sus emociones no se deben tener en cuenta, sino que por el contrario hay que tratar de reprimirlas. Se acostumbran a no escuchar esa información emocional tan importante para la toma de decisiones en la vida y por tanto pierden capacidad de procesar información emocional.

Si se trata de una familia en que los hijos son los reyes y los padres continuamente se sacrifican por ellos, los niños serán conscientes de sus propias emociones, pero poco de las emociones y sentimientos de sus padres. Sabemos que otro aspecto esencial de la inteligencia emocional es la empatía, la capacidad de entender las emociones de los demás, de saber ponerse en los zapatos del otro. Cuando acostumbramos a los hijos a que los deseos de sus padres no cuentan, no son importantes, también se lo creen, y dejan de poner atención en esas emociones. Pierden la capacidad de empatizar con las emociones de los demás, y de procesar información emocional vital para desarrollar relaciones interpersonales positivas y simplemente para su maduración emocional.

Adicionalmente, los seres humanos somos más egoístas de lo que nos gusta confesar. Nuestra capacidad de sacrificio, incluso por las personas que más amamos es relativamente reducida. Si nos consagramos a nuestros hijos, secretamente, quizá inconscientemente, estamos esperando que éstos nos compensen nuestros desvelos. A menudo, los padres esforzados esperan, como digo consciente o inconscientemente, de una forma expresamente verbalizada o tácita, que los hijos a cambio hagan el tipo de vida que ellos (los padres) desean que hagan, o se comporten de acuerdo con las expectativas de los padres, o consigan determinados triunfos académicos, deportivos, o de cualquier otro tipo, o vistan de una determinada forma. Es decir, los padres tienen expectativas muy concretas sobre sus hijos, y si se sacrifican más de la cuenta es para que esas expectativas se cumplan, no para que los hijos hagan después lo que les da la gana. Cuando damos demasiado, esperamos demasiado a cambio, y eso se convierte en una “trampa para ratones” para los hijos que deberán pasar la vida tratando de compensar a los padres agradándoles en formas que a menudo no son claras ni definidas. Eso supone una carga emocional tremenda para los hijos, destinada mayormente al fracaso, que reduce la libertad que deberíamos desear para ellos, y que les condena a constantemente estar decepcionando (aunque los padres no lo digan, los hijos lo notan) a sus padres.

Por otro lado, es muy probable que los hijos no respondan a esas expectativas. Al fin y al cabo, cada persona tiene su personalidad, sus capacidades, y sus objetivos, y difícilmente los de los hijos van a coincidir plenamente con los de los padres. Cuando eso pase, los padres sacrificados van a sentirse decepcionados, estafados. Van a sentir que sus esfuerzos no han sido agradecidos. De nuevo, consciente o inconscientemente van a sentir un cierto resentimiento hacia sus hijos o hijas, lo que hará la relación con ellos más difícil. Por otro lado, si los hijos consiguen responder a las expectativas de los padres y hacerles felices, probablemente será a cambio de renunciar a sus propios deseos y objetivos, y de ignorar sus sentimientos y emociones. Como he explicado antes, no es posible desarrollar una alta inteligencia emocional cuando nos acostumbramos a ignorar o reprimir nuestras propias emociones.

La comunicación

Otro aspecto importantísimo para fomentar el deseo de los hijos e hijas de cooperar con los padres es establecer una comunicación fluida y positiva entre ellos. A pesar de que los seres humanos sabemos hablar y nos gusta mucho hacerlo, no sabemos comunicar efectivamente. Quizá con quien nos comunicamos mejor es con los amigos, porque como los hemos escogido para pasarlo bien, pero no tenemos relaciones de dependencia o jerárquicas con ellos, la comunicación es fácil. No nos sentimos en la obligación de enseñarles nada, ni de corregirles cuando se equivocan, ni de protestar sus decisiones. Sólo nos hemos de preocupar de divertirnos con ellos. Sin embargo, cuando nos encontramos con una persona que tiene una relación jerárquica con nosotros, sea nuestro jefe, o nuestro subordinado, o nuestra hija, la cosa se pone más difícil. Nuestro sentimiento de que tenemos que educar al otro crea importantes barreras. Demasiado a menudo utilizamos lo que el Dr. Thomas Gordon llama el lenguaje de la no aceptación (Gordon, 2014).

El problema es que a menudo las formas en que nos comunicamos con nuestros hijos e hijas incluyen un juicio de valor. O bien le decimos a nuestra hija que tiene razón o que no la tiene, o que lo que le ha pasado no tiene importancia o que sí la tiene. A menudo nuestra respuesta también incluye una propuesta de solución, lo que nosotros pensamos que nuestra hija o hijo debería hacer, o decir, o sentir. Pero en realidad cuando los hijos nos explican algo que les ha pasado, algo que les preocupa, un sentimiento o una emoción, no están buscando que se los juzguemos, ni tampoco que les demos soluciones. La mayor parte de las veces, las soluciones ya las saben. Simplemente, mientras se sientan como nos sienten en ese momento, esas soluciones no les sirven.

¿Cómo podemos responder entonces? Lo más importante es que no pongamos palos a las ruedas de la comunicación. Es decir, no debemos decir nada que suponga un juicio de valor o una solución. Una forma de contestar es utilizar palabras neutras que muestran que estamos escuchando, pero que no indican de ningún modo que es lo que pensamos. Por ejemplo podemos utilizar expresiones ono-matopéyicas o breves tales como “Aja“, “Mmmm“, “Vaya“, “Caramba“, “Ya veo“, “No me digas” o “¿De verdad?“. Otra forma de mostrar interés sin juzgar a nuestros hijos es decir algo como “interesante” o “explícame esto” o “¿Por qué lo dices?” De nuevo, eso son invitaciones a hablar que envían el mensaje a nuestros hijos de que estamos interesados en ellos, en sus ideas, en sus problemas, en sus pequeñas o grandes batallas del día a día. Pero no hemos manifestado en ningún momento que estemos de acuerdo o en desacuerdo, o si el tema nos parece importante o una chorrada.

Este tipo de respuestas neutras ayudan a mantener el diálogo vivo y no significa ninguna barrera a la comunicación. Ahora bien, tampoco es una panacea. Una vez hayamos usado un par de esas expresiones, tendremos que decir algo de más calado o la conversación morirá. Tampoco podemos decir “vaya” o parafrasear a nuestra hija cuatro veces seguidas. Empezaría a parecer que el tema no nos importa demasiado.

La escucha activa

En realidad, cuando compartimos nuestros sentimientos, lo que más deseamos los humanos es encontrar alguien que nos entienda, que comprenda cómo nos sentimos, y que se ofrezca a escucharnos (Ginot, 2007). Por ello, aún mejor que utilizar palabras neutras, es decir algo que muestre que entendemos los que nos están diciendo, que entendemos el sentimiento que hay detrás de esa opinión o esa expresión, y que es perfectamente aceptable sentirse así, tanto si se tiene la razón como si no. A esta forma de contestar se le llama “Escucha Activa” (Gordon, 2014). Un nombre un poco peculiar porque no se trata de escuchar sino de responder de una forma que señale que estamos escuchando sin juzgar, y con deseo de entender. Para practicar la escucha activa diremos algo que indique que entendemos la forma en que se siente la otra persona.

Cuando no hacemos un esfuerzo por mostrar comprensión y en cambio ofrecemos juicios de valor y soluciones no solicitadas, los hijos ven unos padres que no escuchan, que tienen sus objetivos claros sobre lo que ellos tienen que hacer y no van a desviarse ni una coma de ese guion, y alguien con los que no vale la pena discutir este tipo de temas. La comunicación entre padres e hijos empieza a reducirse a temas sin importancia, la conexión afectiva se resiente, y el deseo de cooperar cae en picado. Lo peor es que ese tipo de comunicación juzgador tampoco ayuda en el desarrollo de la inteligencia emocional.

Por el contrario, la comunicación positiva favorece el desarrollo de la inteligencia emocional. Permite a nuestros hijos expresar sus emociones, hacerse conscientes de ellas, y procesarlas en un ambiente seguro y de apoyo. Por tanto, ellos y ellas pueden desarrollar su autoconciencia emocional y conocerse mejor. Además, aprenden a dialogar sobre emociones y sentimientos y a expresarlas de forma civiliza-da, sin necesidad de violencia física o verbal.

Por último, a través del ejemplo de los padres, aprenden a escuchar a otros, a entender los sentimientos que hay detrás de las palabras y a contestar de una forma que favorezca el diálogo. Es decir, van adquiriendo maestría en el arte de entender a otros y de relacionarse con ellos de una forma positiva. Como consecuencia, es un instrumento extraordinariamente útil para educar a nuestros hijos en la inteligencia emocional.

La disciplina

A pesar de nuestras mejores intenciones y esfuerzos, los hijos y las hijas no siempre cooperan como desearíamos. Les pedimos que empiecen a hacer los deberes y no hacen más que retrasarse, o les ordenamos que recojan sus juguetes y no los recogen, o que dejen el ordenador y no lo dejan, o que coman la comida y no la comen.

Necesitamos entonces utilizar medidas disciplinarias para poner orden. Sin embargo, podemos hacerlo de una forma negativa, muy corriente, a base de advertencias, amenazas, gritos, castigos, y a veces incluso algún bofetón o podemos hacerlo utilizando una serie de herramientas de disciplina positivas tales como la escucha, la motivación, o la firmeza calmada. Las primeras quizá consigan la obediencia que perseguimos, pero seguro destruirán el clima de cooperación y proximidad afectiva que habíamos creado. Las segundas son mucho más efectivas porque consiguen la cooperación de los hijos e hijas y mantienen la unión entre todos.

Estos métodos de disciplina positiva nos permiten obtener la cooperación de los hijos, mantener un clima de armonía en la familia, desarrollar la inteligencia emocional de los hijos y la nuestra, y profundizar en el traba-jo de nutrir el vínculo afectivo que hemos hecho hasta ahora.

La mediación

Cuando la relación padres-hijos es armoniosa y estrecha y si hemos dado todos los pasos previos, sólo una ínfima parte de las veces nos encontraremos con un hijo que se niega a obedecer nuestra orden, pero algunas veces sucederá. Si la relación entre padres e hijos es más distante, más formal, y si estas técnicas raramente se han utilizado y por tanto los hijos están muy desconectados de su deseo de cooperar con los padres, al principio, nos encontraremos que los hijos se niegan a obedecer aún a nuestras normas más lógicas y seriamente exigidas. ¿Qué hacemos entonces? Una vez que nuestra hija o hijo se niega a obedecer una orden, entramos en un conflicto entre madre/padre e hija/hijo. La mejor forma de resolver el conflicto es utilizar una técnica que se llama la “mediación”.

La mediación en un proceso de resolución de conflictos en el que las partes en desacuerdo solicitan la intervención de un mediador para que les ayude a resolverlo. Este se encarga de que los participantes hablen y dialoguen hasta que lleguen a un acuerdo. Por supuesto, este proceso está estructurado y organizado.

La mediación es un instrumento excepcional para desarrollar la inteligencia emocional y para practicar sus diferentes capacidades en el día a día. Para empezar, para mediar necesitamos pensar en nosotros, qué es lo que queremos, qué es lo que nos molesta, porqué hemos reaccionado de esa manera, en qué estamos dispuestos a ceder. Por tanto, nos obliga a practicar habilidades de la autoconciencia. La autoconciencia es la capacidad de conocer y entender nuestros propios sentimientos, emociones, deseos, y objetivos. Todo ello es necesario si queremos entrar en un proceso de resolución de conflictos como la mediación. Tener que explicar por qué hemos actuado como lo hemos hecho, cómo nos hemos sentido, qué queríamos y qué queremos ahora nos fuerza a un ejercicio de retrospección muy útil para el autoconocimiento personal.

La mediación también nos obliga a practicar la autorregulación. Sus reglas no nos permiten insultar a la otra persona, interrumpirla, amenazarla, gritarle, intimidarle, abusar de nuestra mayor fuerza, o nuestra mayor labia. Hemos de hacer un enorme esfuerzo de regulación de nuestra conducta, nada fácil si tenemos en cuenta que cuando hacemos una mediación, normalmente nuestras emociones están sobreexcitadas, y esa sobreexcitación nos está pidiendo una liberación emocional en forma de grito, bofetada, rabieta, insulto o incluso agresión física. En vez de ello, sin embargo, la mediación nos obliga a calmarnos, y explicar nuestro punto de vista de una forma respetuosa y civilizada.

Asimismo, la mediación es una excelente práctica de la tercera de las capacidades de la inteligencia emocional que es la capacidad de entender las emociones de las otras personas y empatizar con ellas. En la mediación no sólo hemos de controlarnos y hablar ajustándonos a unas normas, sino que además tenemos que escuchar lo que la otra persona dice, lo que piensa, cómo se siente, por qué ha actuado como lo ha hecho, y lo que quiere. La mediación facilita esa escucha porque remueve las barreras a la comunicación. La otra persona, cuando se explica, no puede atacarnos y por tanto no necesitamos defendernos de lo que dice, y eso facilita que podamos escucharla y podamos intentar entender su punto de vista. Por si esto fuera poco, la mediación nos fuerza a tener en cuenta los deseos y razones del otro cuando buscamos soluciones. Como he explicado, cuando proponemos una solución al conflicto, hemos de pensar en lo que nosotros queremos y nos satisface, pero también hemos de pensar en qué puede satisfacer a la otra parte y cuál puede ser una solución justa y equitativa teniendo en cuenta las emociones, las razones, y los objetivos de ambos. Ese es un ejercicio extraordinario para ejercitar y desarrollar la empatía.

La mediación nos ayuda, además, a establecer relaciones interpersonales positivas. En vez de pelearnos, agredirnos física o verbalmente, y acabar desarrollando sentimientos negativos y rencores hacia la otra persona, dialogamos, escuchamos, buscamos y encontramos acuerdos y acabamos desarrollando sentimientos positivos hacia el otro, un mayor conocimiento y una mayor comprensión de su forma de ser, y una mayor proximidad afectiva. Es decir acabamos más amigos en vez de más enfrentados. Además, aprendemos formas de comunicación positiva y efectiva que luego utilizamos en otros contextos y que nos permiten desenvolvernos mejor en las relaciones interpersonales. Una vez aprendemos a expresarnos adecuadamente, a controlar nuestras emociones, y a escuchar y empatizar con el otro en el seno de la familia, empezamos a practicarlo en nuestras relaciones con los amigos, los vecinos, y las personas en general, y ello nos permite crear relaciones humanas positivas en muchas, sino todas las áreas de nuestra vida.

Finalmente, las mediaciones son muy útiles para mejorar la autoestima de los hijos y la confianza en sí mismos. En vez de escuchar de parte de los padres, lo malos que son o lo equivocados que están, los niños aprenden que sus razones y motivaciones son tan válidas como las de los adultos y que el conflicto no es el resultado de su maldad, egoísmo, falta de inteligencia, tozudería, o cualquier otro rasgo negativo, sino del choque entre intereses enfrentados y de formas de ver las cosas distintas, que necesitan ser reconciliadas, o de malentendidos que una vez aclarados permiten la unión y el acercamiento entre los miembros de la familia. En vez de llegar a la conclusión de “mi madre no me quiere, o no me entiende, o me odia, o es injusta”, los hijos ven a los padres como personas que les quieren, que les escuchan, que les respetan y que trabajan con ellos para encontrar las mejores soluciones para todos. Eso les permite entender que merecen ese respeto, ese cariño, y esa escucha, tanto como tienen la obligación de mostrar respeto, cariño, y escucha a los demás. La confianza en sí mismo de los hijos recibe una inyección diaria de moral.

Conclusión

Las estrategias que propone este artículo no sólo ayudan a establecer una vida familiar armoniosa, sino que sobre todo permiten desarrollar la inteligencia emocional de los hijos (y de los padres también). Aprenden a entender mejor quienes son, qué quieren, y cómo se sienten cuando establecemos una relación afectiva fuerte y nuestros hijos se sienten queridos, protegidos y seguros en nuestra presencia, cuando les damos permiso para expresar sus ideas y sentimientos más profundos en conversaciones informales en las que los padres utilizamos la escucha activa, cuando permitimos a los hijos resistir a nuestras órdenes y sabemos escuchar su resistencia, o cuando les permitimos expresarse con total libertad en las mediaciones. Les ayudamos a desarrollar su capacidad de regular sus emociones y conductas cuando discuten sus planes y sus ideas en las reuniones familiares, cuando les hablamos con respeto en los momentos de tensión, cuando les exigimos que también ellos nos hablen con respeto en esos momentos, o cuando tienen que hablar sin insultar, sin gritar, sin atacar al otro o tienen que escuchar sin interrumpir, sin burlarse, o sin taparse los oídos cuando alguien les dice algo que no les gusta en el transcurso de las reuniones familiares o de las mediaciones. Todas esas ocasiones son además excelentes para aprender sobre los sentimientos, razones, objetivos, e ideas de los demás, para aprender a respetar al otro, a entenderlo, y a empatizar con él o ella. En el ejercicio de empatizar, expresarse con respeto, ser capaz de defender las propias posiciones con amabilidad, pero con firmeza, aprendemos también a establecer relaciones interpersonales positivas, y ese aprendizaje lo exportamos después a nuestras relaciones con amigos en la escuela, en el vecindario, con otros miembros de nuestra familia, y más adelante con compañeros de trabajo, con jefes y con subordinados.

Finalmente, la habilidad de expresar los propios sentimientos, de ser escuchado y valorado, de aprender a escuchar y valorar los sentimientos de los otros, la habilidad de llevarse bien con nuestros semejantes, de saber resolver los conflictos de una forma positiva y constructiva, les permite a nuestros hijos (y también a nosotros mismos) desarrollar una confianza en sí mismos y una motivación por luchar por las cosas que quieren, que juntamente con todas las otras habilidades de la inteligencia emocional les serán enormemente útiles en la vida adulta.

En definitiva, la educación emocional más efectiva es la que se produce en el seno de la familia, y no consiste en lecciones o ejercicios o currículums (todos ellos muy importantes), si no en la transformación de las relaciones interpersonales entre los diferentes miembros de la familia creando una auténtica cultura de colaboración mutua. La práctica continuada de la cooperación llevará al desarrollo máximo de la inteligencia emocional de los niños y niñas.

Por Albert Alegre Rosselló – Centro de Comunicación y Pedagogía